30 de noviembre de 2011

Cuánta Cindor te hace falta...

No van a creer a donde fui ayer. De hecho, ni yo me lo creo todavía. Pensé que mis días de fiestas de egresados se habían quedado en algún rincón del olvido, agarrados de la manito de mis 17 y mis 18 años, pero no. Se juntaron la insistencia adolescente de una de mis compañeras de baile y mi completa incapacidad de decir “no”, y así terminé, a mitad de la semana, adentro de un boliche festejando nuevamente el final de la secundaria. A pesar de que hoy estoy pagando las consecuencias de mi arrebato de adolescencia tardía (por no decir irresponsabilidad), sepan que valió la pena cada segundo.
Si son aunque sea un poquito parecidas a mí, seguro se están preguntando qué puede haber de interesante en un boliche lleno de criaturas de 18 a 22 años, y la respuesta es precisamente esa: niños de 18 a 22 años. Antes de que saquen conclusiones apresuradas, NO, no me agarré a ningún nene (estoy sola pero no desesperada), pero más de uno me sorprendió.
Así como hace un par de días escribí que los hombres en la franja de los 25-30 años se quedan en pose esperando que sea la mujer quién dé el primer paso, ayer ví que la franja de 20-25 hace exactamente lo contrario. Encaran con una actitud de “me-llevo-el-mundo-por-delante-no-me-importa-nada” (rayando en la arrogancia), se acercan con una confianza extrema, no aceptan un “no” con facilidad, y van directo al punto y sin vueltas: “Me gustás, ¿qué te parece si nos divertimos un rato? ¿Bailamos o te invito un trago?” (OK, quizás un poco demasiado directos, pero por lo menos te invitan algo, que es mucho más de lo que puedo decir de los de mi edad, que ni siquiera se animan a encarar…). Si bien el chamuyo y la conversación que son capaces de elaborar son bastante limitados y llenos de clichés, es innegable que le ponen empeño y la reman en dulce de leche de ser necesario, así los mandes a tomar Cindor o de paseo a Disney.
Además, si seguimos con las comparaciones odiosas, ¿cuántos tipo de 30 hay que parecen tener, por lo menos, 10 años más? No saben la de espaldas, brazos, abdominales y demás musculosos que pegaron los chiquitos… Ufffff. No sé cuál será el ingrediente secreto que le ponen al Danonino, pero ha hecho maravillas en la nueva generación (La Serenísima, ¡gracias por tanto!).
Una noche memorable. Aunque tengo muy en claro que los niños en cuestión les deben decir lo mismo a tooooooooooodas, hace rato que no me iba de un boliche con el ego unos cuantos escalones arriba. Y, si escarbamos un poquito más y arrancamos con las confesiones, me veo en la obligación de admitir que hubo uno de 22 en particular al que podría no haberle contestado “¿sabés cuánta Cindor te hace falta?” si insistía sólo un poquito más… (sisi, culpable total de sólo pensarlo).

Ojo chicas, las cosas que estamos dejando pasar…

9 de noviembre de 2011

OH DIOS!as Comparaciones

Esas pequeñas grandes diferencias que existen entre lo que desearíamos decir cuando hablamos (entre paréntesis y cursiva) y lo que en realidad decimos…


El:
¿Qué hacés desaparecida? ¿En qué estás?

Ella:
(¿Yo? La última vez que VOS me mandaste un mensaje hiciste colapsar el sistema Blackberry a nivel mundial ¿¡¿Desaparecida YO?!?)
Eyyyyy… ¿Cómo andas tanto tiempo?

El:
Todo bien, laburando, estudiando, noviando…

Ella:
(Ya sé que estás noviando, ¿por qué te pensas que dejamos de hablar?)
Veo que todo bien, que bueno

El:
Si, no me puedo quejar, ¿y vos?

Ella:
(Ya se que me hablás porque necesitas algo, cortemos con las vueltas)
También, estudiando, trabajando mucho, solteriando… Impecable.
(Debería haber enfatizado más lo de la soltería)

El:
A full… ¿Y qué te pasa que estás tan desaparecida?

Ella:
(¡Que estás de novio me pasa, tarado!)
Estoy con muchas cosas, nada más

El:
Buena onda… Escuchá, te quería preguntar algo. ¿Viste que el año pasado me ayudaste a elegir unos regalos?

Ella:
(¿Te ayudé a elegir? ¡¡¡CARADURA!!! ¡¡¡Fui a elegirlos y comprarlos por vos!!!)
Si, obvio que me acuerdo

El:
Bueno, nada, pensé que capaz me podías dar una mano de nuevo…

Ella:
(¿Y por qué me lo pedís a mí? Pedile ayuda al gato ese rubio, que para eso es tu novia)
Uhhh… Estoy complicada… ¿Para cuando los necesitas?

El:
Y… para el finde que viene… ¿Muy complicada estas? Te juro que es un ratito, nada más…

Ella:
(¿Y tu novia no te puede dedicar ese ratito?)
Es que estoy ensayando todas las tardes… Lo veo complicado… No se, de última llamame el día que quieras ir, a ver si me puedo desocupar…



En síntesis, una imbécil total.
Cuánto más claro sería todo si dejara de ser, alguna vez, tan políticamente correcta…

8 de noviembre de 2011

Volvamos a los 15

Imagínense la situación. Sábado a la noche. Boliche topísimo en Palermo Soho. Parlantes estallando de melodías electrónicas. Luces multicolores encegueciéndote a cada paso. La barra desbordada de gente pidiendo tragos. Las mujeres, divas: pestañas kilométricas, bocas cubiertas de gloss, perfume importado, todas enfundadas en mini-vestiditos para el infarto y tacazos que dejarían petiso hasta al mismísimo Manu Ginóbili. Y los hombres… ¿Dónde están los hombres?
Tomando y paveando entre ellos, mirando fijo las pantallas de sus Blackberry y sus iPhones, tratando de arreglar quién sabe qué y con quién (mi apuesta personal es a favor del clásico mensaje de texto desesperado de las 4 am que todas hemos recibido alguna vez). Algunos de los pibes mirando hacia el horizonte, posando los ojos muy de vez en cuando sobre alguna chica a la cual ni de casualidad se le acercaron. Como diría una amiga, unos gomas totales. ¿Dónde quedaron los hombres que iban al frente y te encaraban, que te sacaban a bailar, que te invitaban un trago?
Quiero aclarar que mi comentario no es de resentida-porque-nadie-me-vino-a-hablar. Nada más alejado de la realidad. Éramos un grupo numeroso de chicas, y muchas de mis amigas son realmente muy bonitas… Me sorprendió que nadie se les acercara ni a pedirles un cigarrillo, y no fuí la única - el comentario generalizado de la noche fue el comportamiento inusual de los hombres… Esos ahí parados en la barra haciéndose los lindos, creyéndose mil, incapaces de pronunciar una palabra o hacer un mínimo acercamiento, ¿son los mismos pibes que en las fiestas de 15 se arrancaban los ojos por sacar a las chicas más lindas a bailar?
Cuando llegué a casa todavía pensaba en mi adolescencia y en las primeras veces que fui a un boliche. En cómo mi mamá me repetía hasta el cansancio (mío, obvio, ella no se cansaba nunca) las reglas de las salidas de noche: no hables con desconocidos, no aceptes gaseosas que no se abran delante tuyo, no des el número de teléfono de casa (si, el celular no era masivo en aquél entonces), etc. ¡Qué distintas son mis respuestas, 10 años después, a esos consejos maternos! En vez del clásico “si mamá, quedate tranquila, me voy a cuidar” debería contestar algo así como “no te preocupes mamá, que por más que quiera desobedecerte nadie va a pedirme mi número de teléfono, nadie va a invitarme un trago, y nadie va a acercarse siquiera a hablarme”.
Malísimo.

31 de octubre de 2011

Noche de brujas (y no tan brujas)



Uno de mis amigos dice que en Halloween las minas se visten de trolas, y los hombres… también. Salir este fin de semana fue encontrarse con la vía pública convertida en un desfile de personajes, pelucas de colores, brillantinas, accesorios extravagantes… Literalmente, una fiesta. Por el lado de las chicas, me encontré desde Madonnas, Amy Winehouses, Gatúbelas y Caperucitas, hasta marineras, piratas, vaqueras, hippies, colegialas, e incluso Minnie Mouse. Mil y un alter-egos con una característica fundamental en común: cuánta más piel se vea, mejor.
Todavía no puedo entender por qué en el imaginario femenino la idea de una noche de disfraces es el justificativo perfecto para salir tapada con 3 pedacitos ínfimos de tela que dejen absolutamente nada librado a la imaginación de los individuos presentes. Me parece buenísimo que la que no tenga problemas y pudores con su cuerpo se muestre de la forma que quiera, pero lo que me resulta incomprensible es que toda la elección del disfraz gire en torno a cuánto muestro y qué personaje es el que va a resultar más “ganador” entre la platea masculina. La noche de brujas se convierte en una competencia de “itas” - conejitas de Playboy, diablitas, haditas, enfermeritas (el diminutivo en el nombre del personaje es directamente proporcional a la reducción en vestimenta que requiere) – y chicas “hot” – novia hot, vaquera hot, pirata hot… ¡Y que gane la más trola!

27 de octubre de 2011

Reflexión del día

Por uno de esos milagros de la vida, tuve la tarde libre en el trabajo. Como buena workaholic que soy, llegué a casa y me puse a adelantar cosas con la televisión de fondo. Tanta suerte tuve (nótese la ironía) que enganché una entrevista a Cintia Fernández, en la cual confesaba haberse sentido “avergonzada” cuando se enteró que su ex novio la engañaba, que no quería mostrarse más en público después del escándalo que se desató en lo medios (¿?), y demás boludeces.
Ahora, yo me pregunto, ¿Dónde le quedaron la vergüenza y el pudor cuando salió a hacer un strip-dance y se quedó en pelotas delante de todo el país?

17 de octubre de 2011

Facebook, ¿me estas cargando?





PÁGINA DE INICIO DE FACEBOOK

Personas que quizás conozcas: XXXXXXX
(Foto de “ella”)
Agregar a mis amigos




Todos tenemos un ex que queremos dejar en el olvido. En mi caso, el ex en cuestión es (y juro que no exagero) un freak de proporciones épicas.
Igual, lo importante en esta historia no es tanto él, sino ella. Ella, que había sido de mis mejores amigas durante toda la secundaria, que íbamos casi todos los fines de semana al mismo boliche de moda, que salimos ‘de a cuatro’ (mi ex, su ex y nosotras dos)… Ella, que se puso de novia con mi ex y se mudó a su casa y fue tan caradura como para verme 2 veces por semana, a lo largo de todo un año de clases de baile compartidas, y no decirme NADA… Es ella, su foto, la que aparece en la página de inicio de Facebook.

Facebook, ¿me estás cargando?

12 de octubre de 2011

Habilitame un código

El fin de semana fuí a una fiesta. Bastante reducida en tamaño, no éramos más que unas 20 ó 25 personas, y todos más o menos conocidos (léase, los amigos del dueño de casa, más algunas amigas de las amigas del dueño de casa). Todo arrancó muy tranquilo, un trago acá, otro allá, pasame la cerveza, te alcanzo el Fernet, y de a poco fuimos entrando en confianza.
A medida que corrieron las horas (y el alcohol, por supuesto) los hombres empezaron con las clásicas movidas de levante: ¿tu amiga tiene novio?, ¿tu novio te está controlando que mirás tanto el celular? (si, me reservo los comentarios respecto a este avance en particular), etc. Algunos te sacaban a bailar, otros se acercaban con un trago… Todo tranquilo. Hasta que la fiesta se convirtió en una jungla de animales depredadores, y no precisamente porque nosotras sacáramos las garras y la esencia felina. Los flacos empezaron literalmente a serrucharse el piso los unos a los otros – si vos hablabas con el rubio, enseguida venía el alto y te sacaba a bailar; si estabas bailando con el morocho, venía el de ojos claros y te ofrecía un trago. Realmente era de no creer, sobre todo si tenemos en cuenta que eran todos amigos.
Está bien que en la fiesta había el doble de hombres que mujeres, pero… ¿tan desesperados van a estar? Lo peor de todo fue que parecía no afectarles en lo más mínimo el estar pisándose entre sí y hacer el acto patético de “soy-el-macho-alfa-me-creo-mil”. Era más que obvio que ninguno buscaba a su 'media naranja' (ninguna buscaba novio tampoco, para el caso), pero así como no te metés con la novia de tu amigo, tampoco le arruinás el momento y le serruchás el levante… ¿no?

Cero códigos. CERO.

10 de octubre de 2011

¿A qué te dedicás?

Todos sabemos que el ABC para romper el hielo en una fiesta demanda que en los primeros minutos de diálogo se toquen los temas del estudio y el trabajo: qué carrera estudiás, dónde, qué hacés para vivir, y de ahí en adelante el rumbo de la conversación depende de las habilidades de cada uno de los participantes. Normalmente uno esperaría que la persona con la que habla se dedique a cosas medianamente comunes - trabajar en un estudio de abogados, un laboratorio, ser analista de sistemas, médico, músico, docente, diseñador gráfico, cadete, organizador de eventos… Pero claro, yo no soy normal y, consecuentemente, nunca me pasan cosas normales.
Reproduzco a continuación un diálogo que mantuve con un pibe la noche del sábado. Los paréntesis indican reacciones mentales de quien les escribe.
El: “Yo me desenvuelvo en el sector público, estoy en el negocio de las obras públicas”
Yo: “Ahhhhh… ¿Y qué es lo que haces exactamente? Digo, ‘sector público’ abarca muchas cosas…” (tirame una punta porque no te entiendo)
El: “Estoy en una empresa que hace obras públicas y yo soy el encargado de conseguir financiación para los proyectos”
Yo: “O sea que trabajas con políticos” (a ver si te estoy siguiendo)
El: “Si, soy el encargado de hacer que elijan nuestra empresa antes que otras que tienen proyectos para la misma obra”
Yo: “Sos el encargado de conseguir las famosas cometas, básicamente” (tiremos un chiste porque esto tiene mala pinta)
El: “Y si, tengo que hacer que los políticos estén contentos… Los llevo a tomar algo, les contrato un par de chicas, les presento gente…” (por favor decime que no me estas hablando en serio) “¿Y vos a qué te dedicás?”
Yo: “Yo soy bailarina” (con toda la seriedad del mundo)
El: “Mira vos. ¿Y qué estilo bailas? ¿Clásico, jazz…?”
Yo: “Caño. Soy bailarina de caño” (con lo que me acabas de contar, flaco, no puedo contestarte otra cosa)
El: “Perdón, creo que no te entendí bien. ¿Dijiste que sos bailarina de caño?” (no te hagas el que no me entendiste)
Yo: “Si, bailarina de caño” (sonrisa indisimulable ante la autosatisfacción que me produce ver como se le cae la mandíbula hasta el piso)

En fin. No sé que es lo que se le pasa por la cabeza a un flaco cuando, entre trago y trago, te admite orgullosamente que es el encargado de enfiestar a los políticos de tu país. ¿En algún momento se le ocurrió que eso podía llegar a sonar sexy o interesante? Digo, tranquilamente se podría haber ahorrado los detalles macabros de la cuestión, ¿o no? Y en todo caso, pibe, ¿qué te venís a hacer el recatado cuando te digo que soy bailarina de caño? Al final del día, ¿no es a eso a lo que te dedicas?

9 de octubre de 2011

El perfume de la soledad

(carta abierta a "Y")


No se por qué extraño motivo, cada vez que me preparo para salir, dejo siempre “el perfumarme” como último paso. Como si la fragancia fuese a durar muchísimo más tiempo si me la rocío 15 segundos antes o 2 minutos después. Ridículo - otra de mis tantas conductas crónicas que realmente no tienen ninguna explicación lógica que las sustente.
Ayer, en cuanto estuve lista para salir, repetí el acostumbrado ritual del perfume. Fuí hasta el baño, saqué la botellita rosa de su caja, presioné y… Nada. Mi fragancia se había acabado. Literalmente, lo exprimí hasta la última gota. Hecho totalmente irrelevante en la vida de una persona, quedarse sin perfume. Y totalmente solucionable, además, con una breve visita a la perfumería o (si se es muy afortunado) a algún FreeShop.
Pero yo no soy cualquier persona, soy yo-la-que-se-obsesiona-con-los-detalles, la que se fija en todo con mirada inquisidora y que no cree jamás de los jamases en la coincidencias. “Las casualidades son las cicatrices del destino”, decía Julián Carax en ‘La Sombra del Viento’. No hay casualidades.
Voy a admitir acá, sobre esta pantalla que simula tan hermosamente un papel, que se me encogió el alma cuando me quedé con mi frasquito rosa de Givenchy vacío en la mano. Es que ese no era cualquier perfume: era TU perfume. El que llevaba puesto el día que te conocí y que oliste en mi cuello antes de darnos nuestro primer beso, ahí en la orilla del mar y con un cielo rabioso de estrellas... El que me puse (sin excepción) desde ese día en adelante cada vez que nos vimos y el que le rocié a cada tarjetita y nota que te escribí... El mismo que dejé de usar, en señal de duelo, la misma noche que no devolviste mis llamadas porque, seamos honestos, de que sirve perfumarse si nadie va a aspirar ese aroma tan minuciosamente seleccionado de nuestra piel… El mismo Givenchy que muy concienzudamente me negué a ponerme el día que nos reencontramos, meses después, y que vos (siempre olfativamente agudo) me reclamaste con un “¿y qué pasó con tu perfume?”… ESE perfume se me terminó, el que me recuerda, más que cualquier otra cosa, a NOSOTROS.
Quizás te sorprenda que no haya hablado de vos y que haya hablado de nosotros. Sí te extraño, pero más que extrañarte a vos singular, extraño todo-lo-que-pensé-que-podíamos-ser-nosotros-plural. Después de tanto tiempo, todavía te sigo pensando y nos sigo pensando. Me costó unos cuantos meses de autoflagelación mental volver a usar esa fragancia y convencerme de que no era el perfume de la soledad y de tu ausencia; des-asociarlo de tu persona y volver a hacerlo mío propio, como lo había sido alguna vez, antes de que vos entraras en mi vida. Pero todavía quedan gotitas de nosotros en el aire, todavía las exprimo y las atesoro e intento que me duren un poquito más... Sólo unos segundos más…
Por supuesto que soñé con vos. Te ví y te abracé y me hundí en tus pupilas verde mar hasta que me dolieron los ojos de tanto mirarte. No te besé, porque el orgullo me dura hasta en los sueños, pero te hice por millonésima vez la pregunta de siempre: “¿sos feliz?”. Donde quiera que estés, realmente espero que lo seas.

24 de septiembre de 2011

Hay que confiar en la intuición

Si hay una máxima que mis amigos varones me hicieron aprender a rajatabla, es que “si un pibe está interesado, te lo va a hacer saber”. Y créanme cuando les digo que no falla.
Para hacer de una historia muy larga algo muy corto, digamos que hace como 1 año y medio que una amiga (que es a su vez compañera de trabajo) se pone como meta personal conseguirme novio. Y, desde hace un año, esta misma amiga está a pleno conque encontró “el” candidato para mí: según ella, uno de los flacos que trabaja con nosotras (a quien por el momento vamos a llamar “B”) me tira onda y “está re-histeriqueando” conmigo.
La realidad es que para mi el pibe ni me tiraba onda, ni me histeriqueaba, ni nada… Hablabamos un poco, pero nada del otro mundo. O sea, si realmente quería invitarme a salir, no había necesidad de vueltear cual calesita, ¿no? Me invitaba a tomar algo y listo, asunto terminado (o empezado, si es que todo iba bien). Si nunca demostró real interés, es porque no está interesado, punto. Tan simple como eso.
Hace unos dos meses la cosa deja de ser tan clara cuando B empieza a tirar señales de lo más contradictorias: durante 3 días ni me habla y de repente, de
la mismísima nada, me regala un chocolate Milka. Me trata de “usted” nada más que porque sabe que me molesta, me gasta porque dice que soy una fashion victim (ja, ¡justo yo!), y después durante un mes otra vez no me dirige la palabra. Diagnóstico: Esquizofrénico total. Si hay algo que a mi me saca de quicio es no entender los patrones de conducta que sigue la gente, así que felicidades B, ganaste un pasaje directo a la faceta “ignorar”.
Todo venía muy tranquilo hasta que el mes pasado mi amiga vuelve al ataque: “B me preguntó si estabas de novia y estoy segura que en cualquier momento me pide tu número de teléfono” (nota al pie: estimado B, si querés saber algo de mi vida, ¿por qué no me lo preguntás directamente a mí?). Los días pasaron y mi amiga, una dulce total, justificó la inacción del pibe con un millón y medio de excusas: que no sabe como acercarse, que le debe dar vergüenza, que estamos en el lugar de trabajo… Y claro, yo me dejé convencer y me senté a esperar. Cuestión, que el flaco no sólo NUNCA me pidió nada (de hecho, creo que desde ese día no me dice más que hola/chau), sino que encima hoy me entero que aparentemente está CASADO (si, leyeron bien, C-A-S-A-D-O).
Ahora, yo me pregunto unas cuantas cosas… Desde qué hizo con la alianza (porque en el dedo correspondiente no la lleva), hasta si histeriquea por deporte, o si es lisa y llanamente un completo imbécil (por ahora no descarto ninguna de las últimas dos). Supongo que develaré dichas incógnitas el día lunes cuando vuelva a trabajar…

Moraleja: Mujeres, confíen en su intuición. Si ustedes creen que algo (o alguien) NO VA, seguramente tienen razón.

21 de septiembre de 2011

Primavera, primavera…

Hay un solo motivo por el cual una workaholic como yo puede estar a estas horas tipeando de manera frenética en la computadora algo que no esté relacionado con el estudio o el laburo - SATURACIÓN. Sisi, así como lo leen. Día de la Primavera, te fuiste al carajo.

Empecemos por el principio. El día fue glorioso, la temperatura divina, el sol radiante... Y yo recorriéndome la ciudad en un millón y medio de bondis, entrando y saliendo de mil oficinas (ajenas, obvio, mirá si encima voy a tener una que sea "mia")... Una tristeza. Para cada lado que dí vuelta la cabeza, vi un grupito de pibitas en musculosa, short y ojotas yéndose a Plaza Francia, al Rosedal, o a cualquier otro parque a matear y a levantarse pibes... ¡¡¡Por favor, doy cualquier cosa por bajarme de estos tacos y subirme a mis bienamadas Havaianas!!! Y ni hablar de un picnic al aire libre...

Hasta ahí no iba taaaaaaan mal igual, estábamos dentro del límite de lo tolerable. Pero claro, yo soy yo, y conmigo las cosas siempre pueden empeorar (y, de hecho, lo hacen)... ¿Alguna vez alguien intentó pasearse por las calles Palermitanas un 21 de Septiembre? Un horror.

Primero, porque esta lleno de gente que está hueveando por ahí cuando vos claramente no estás ni para huevear ni para que te hueveen (señora, si no tiene algo que hacer, CORRASE-y-déjeme-pasar-que-estoy-apurada-GRACIAS).

Segundo, porque en vez de recibir un "Feliz Primavera" como la gente, lo único que te tiran son los clásicos piropos alzados de gremio que te hacen sentir cualquier cosa menos halagada (por favor, si voy más tapada que la Madre Teresa de Calcuta, ¿me podés decir qué carajos te inspira a gritarme SEMEJANTE animalada?).

Tercero, porque en cada parada de colectivo hay un flaco esperando a su novia/amigaconderecho/amigarche/minita/comoquierasllamarla con una flor, o peor, con un RAMO de flores (me pregunto si durante el resto del año en algún momento el pibe tuvo este mismo gesto heróico, cosa que dudo).

Cuarto, porque está lleno de parejitas con las hormonas a pleno que se dan amor en cada centímetro cúbico de la cuadra, la calle es un desfile de manos y lenguas y caricias y besos y toqueteos que no se terminan nunca (¿es necesario apretar TANTO y TAN públicamente?).

En fin, como dije antes, un horror.

El momento sublime del día llega a las 6 de la tarde en Plaza Italia. Estoy parada en el semáforo esperando para cruzar la calle, cuando se me acerca un nenito de unos 5 años con unas rosas y me pregunta si quiero comprarle una. Le contesto que no, muchas gracias. Me retruca: "pero es el Día de la Primavera". Ja. Como si no lo supiera. ¿Qué se supone que le puedo contestar? "Si, nene, ya sé, y lo único que me falta para sentirme todavía más patética es autoregalarme la única flor que voy a recibir en todo el día". Juro que le pensé, eh. Pero hice la de siempre: puse mi mejor sonrisa, reiteré mi "no gracias", y le di una moneda. Pobre, en definitiva él no tenía la culpa.

Cuestión que son las 23.58 y mi conteo primaveral ha dado cero flores, cero piropos decentes, CEROS TOTALES (si, ni siquiera un miserable mensaje de texto, así de triste).

Fuck off, Día de la Primavera. El sábado te juro que me las cobro todas.