(carta abierta a "Y")No se por qué extraño motivo, cada vez que me preparo para salir, dejo siempre “el perfumarme” como último paso. Como si la fragancia fuese a durar muchísimo más tiempo si me la rocío 15 segundos antes o 2 minutos después. Ridículo - otra de mis tantas conductas crónicas que realmente no tienen ninguna explicación lógica que las sustente.
Ayer, en cuanto estuve lista para salir, repetí el acostumbrado ritual del perfume. Fuí hasta el baño, saqué la botellita rosa de su caja, presioné y… Nada. Mi fragancia se había acabado. Literalmente, lo exprimí hasta la última gota. Hecho totalmente irrelevante en la vida de una persona, quedarse sin perfume. Y totalmente solucionable, además, con una breve visita a la perfumería o (si se es muy afortunado) a algún FreeShop.
Pero yo no soy cualquier persona, soy yo-la-que-se-obsesiona-con-los-detalles, la que se fija en todo con mirada inquisidora y que no cree jamás de los jamases en la coincidencias. “Las casualidades son las cicatrices del destino”, decía Julián Carax en ‘La Sombra del Viento’. No hay casualidades.
Voy a admitir acá, sobre esta pantalla que simula tan hermosamente un papel, que se me encogió el alma cuando me quedé con mi frasquito rosa de Givenchy vacío en la mano. Es que ese no era cualquier perfume: era TU perfume. El que llevaba puesto el día que te conocí y que oliste en mi cuello antes de darnos nuestro primer beso, ahí en la orilla del mar y con un cielo rabioso de estrellas... El que me puse (sin excepción) desde ese día en adelante cada vez que nos vimos y el que le rocié a cada tarjetita y nota que te escribí... El mismo que dejé de usar, en señal de duelo, la misma noche que no devolviste mis llamadas porque, seamos honestos, de que sirve perfumarse si nadie va a aspirar ese aroma tan minuciosamente seleccionado de nuestra piel… El mismo Givenchy que muy concienzudamente me negué a ponerme el día que nos reencontramos, meses después, y que vos (siempre olfativamente agudo) me reclamaste con un “¿y qué pasó con tu perfume?”… ESE perfume se me terminó, el que me recuerda, más que cualquier otra cosa, a NOSOTROS.
Quizás te sorprenda que no haya hablado de vos y que haya hablado de nosotros. Sí te extraño, pero más que extrañarte a vos singular, extraño todo-lo-que-pensé-que-podíamos-ser-nosotros-plural. Después de tanto tiempo, todavía te sigo pensando y nos sigo pensando. Me costó unos cuantos meses de autoflagelación mental volver a usar esa fragancia y convencerme de que no era el perfume de la soledad y de tu ausencia; des-asociarlo de tu persona y volver a hacerlo mío propio, como lo había sido alguna vez, antes de que vos entraras en mi vida. Pero todavía quedan gotitas de nosotros en el aire, todavía las exprimo y las atesoro e intento que me duren un poquito más... Sólo unos segundos más…
Por supuesto que soñé con vos. Te ví y te abracé y me hundí en tus pupilas verde mar hasta que me dolieron los ojos de tanto mirarte. No te besé, porque el orgullo me dura hasta en los sueños, pero te hice por millonésima vez la pregunta de siempre: “¿sos feliz?”. Donde quiera que estés, realmente espero que lo seas.
Ayer, en cuanto estuve lista para salir, repetí el acostumbrado ritual del perfume. Fuí hasta el baño, saqué la botellita rosa de su caja, presioné y… Nada. Mi fragancia se había acabado. Literalmente, lo exprimí hasta la última gota. Hecho totalmente irrelevante en la vida de una persona, quedarse sin perfume. Y totalmente solucionable, además, con una breve visita a la perfumería o (si se es muy afortunado) a algún FreeShop.
Pero yo no soy cualquier persona, soy yo-la-que-se-obsesiona-con-los-detalles, la que se fija en todo con mirada inquisidora y que no cree jamás de los jamases en la coincidencias. “Las casualidades son las cicatrices del destino”, decía Julián Carax en ‘La Sombra del Viento’. No hay casualidades.
Voy a admitir acá, sobre esta pantalla que simula tan hermosamente un papel, que se me encogió el alma cuando me quedé con mi frasquito rosa de Givenchy vacío en la mano. Es que ese no era cualquier perfume: era TU perfume. El que llevaba puesto el día que te conocí y que oliste en mi cuello antes de darnos nuestro primer beso, ahí en la orilla del mar y con un cielo rabioso de estrellas... El que me puse (sin excepción) desde ese día en adelante cada vez que nos vimos y el que le rocié a cada tarjetita y nota que te escribí... El mismo que dejé de usar, en señal de duelo, la misma noche que no devolviste mis llamadas porque, seamos honestos, de que sirve perfumarse si nadie va a aspirar ese aroma tan minuciosamente seleccionado de nuestra piel… El mismo Givenchy que muy concienzudamente me negué a ponerme el día que nos reencontramos, meses después, y que vos (siempre olfativamente agudo) me reclamaste con un “¿y qué pasó con tu perfume?”… ESE perfume se me terminó, el que me recuerda, más que cualquier otra cosa, a NOSOTROS.
Quizás te sorprenda que no haya hablado de vos y que haya hablado de nosotros. Sí te extraño, pero más que extrañarte a vos singular, extraño todo-lo-que-pensé-que-podíamos-ser-nosotros-plural. Después de tanto tiempo, todavía te sigo pensando y nos sigo pensando. Me costó unos cuantos meses de autoflagelación mental volver a usar esa fragancia y convencerme de que no era el perfume de la soledad y de tu ausencia; des-asociarlo de tu persona y volver a hacerlo mío propio, como lo había sido alguna vez, antes de que vos entraras en mi vida. Pero todavía quedan gotitas de nosotros en el aire, todavía las exprimo y las atesoro e intento que me duren un poquito más... Sólo unos segundos más…
Por supuesto que soñé con vos. Te ví y te abracé y me hundí en tus pupilas verde mar hasta que me dolieron los ojos de tanto mirarte. No te besé, porque el orgullo me dura hasta en los sueños, pero te hice por millonésima vez la pregunta de siempre: “¿sos feliz?”. Donde quiera que estés, realmente espero que lo seas.
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