Imagínense la situación. Sábado a la noche. Boliche topísimo en Palermo Soho. Parlantes estallando de melodías electrónicas. Luces multicolores encegueciéndote a cada paso. La barra desbordada de gente pidiendo tragos. Las mujeres, divas: pestañas kilométricas, bocas cubiertas de gloss, perfume importado, todas enfundadas en mini-vestiditos para el infarto y tacazos que dejarían petiso hasta al mismísimo Manu Ginóbili. Y los hombres… ¿Dónde están los hombres?
Tomando y paveando entre ellos, mirando fijo las pantallas de sus Blackberry y sus iPhones, tratando de arreglar quién sabe qué y con quién (mi apuesta personal es a favor del clásico mensaje de texto desesperado de las 4 am que todas hemos recibido alguna vez). Algunos de los pibes mirando hacia el horizonte, posando los ojos muy de vez en cuando sobre alguna chica a la cual ni de casualidad se le acercaron. Como diría una amiga, unos gomas totales. ¿Dónde quedaron los hombres que iban al frente y te encaraban, que te sacaban a bailar, que te invitaban un trago?
Quiero aclarar que mi comentario no es de resentida-porque-nadie-me-vino-a-hablar. Nada más alejado de la realidad. Éramos un grupo numeroso de chicas, y muchas de mis amigas son realmente muy bonitas… Me sorprendió que nadie se les acercara ni a pedirles un cigarrillo, y no fuí la única - el comentario generalizado de la noche fue el comportamiento inusual de los hombres… Esos ahí parados en la barra haciéndose los lindos, creyéndose mil, incapaces de pronunciar una palabra o hacer un mínimo acercamiento, ¿son los mismos pibes que en las fiestas de 15 se arrancaban los ojos por sacar a las chicas más lindas a bailar?
Cuando llegué a casa todavía pensaba en mi adolescencia y en las primeras veces que fui a un boliche. En cómo mi mamá me repetía hasta el cansancio (mío, obvio, ella no se cansaba nunca) las reglas de las salidas de noche: no hables con desconocidos, no aceptes gaseosas que no se abran delante tuyo, no des el número de teléfono de casa (si, el celular no era masivo en aquél entonces), etc. ¡Qué distintas son mis respuestas, 10 años después, a esos consejos maternos! En vez del clásico “si mamá, quedate tranquila, me voy a cuidar” debería contestar algo así como “no te preocupes mamá, que por más que quiera desobedecerte nadie va a pedirme mi número de teléfono, nadie va a invitarme un trago, y nadie va a acercarse siquiera a hablarme”.
Malísimo.
Tomando y paveando entre ellos, mirando fijo las pantallas de sus Blackberry y sus iPhones, tratando de arreglar quién sabe qué y con quién (mi apuesta personal es a favor del clásico mensaje de texto desesperado de las 4 am que todas hemos recibido alguna vez). Algunos de los pibes mirando hacia el horizonte, posando los ojos muy de vez en cuando sobre alguna chica a la cual ni de casualidad se le acercaron. Como diría una amiga, unos gomas totales. ¿Dónde quedaron los hombres que iban al frente y te encaraban, que te sacaban a bailar, que te invitaban un trago?
Quiero aclarar que mi comentario no es de resentida-porque-nadie-me-vino-a-hablar. Nada más alejado de la realidad. Éramos un grupo numeroso de chicas, y muchas de mis amigas son realmente muy bonitas… Me sorprendió que nadie se les acercara ni a pedirles un cigarrillo, y no fuí la única - el comentario generalizado de la noche fue el comportamiento inusual de los hombres… Esos ahí parados en la barra haciéndose los lindos, creyéndose mil, incapaces de pronunciar una palabra o hacer un mínimo acercamiento, ¿son los mismos pibes que en las fiestas de 15 se arrancaban los ojos por sacar a las chicas más lindas a bailar?
Cuando llegué a casa todavía pensaba en mi adolescencia y en las primeras veces que fui a un boliche. En cómo mi mamá me repetía hasta el cansancio (mío, obvio, ella no se cansaba nunca) las reglas de las salidas de noche: no hables con desconocidos, no aceptes gaseosas que no se abran delante tuyo, no des el número de teléfono de casa (si, el celular no era masivo en aquél entonces), etc. ¡Qué distintas son mis respuestas, 10 años después, a esos consejos maternos! En vez del clásico “si mamá, quedate tranquila, me voy a cuidar” debería contestar algo así como “no te preocupes mamá, que por más que quiera desobedecerte nadie va a pedirme mi número de teléfono, nadie va a invitarme un trago, y nadie va a acercarse siquiera a hablarme”.
Malísimo.
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