Los ves venir de lejos, con sus musculosas propagandísticas de colores estridentes, sus anteojitos de sol bien calzados (obvio, para disimular la fisura que arrastran de la noche anterior), esa sonrisa de me-creo-mil-es-lo-mas-vivir-de-la-joda, haciendo ese malabarismo estratégico que sólo ellos dominan, pasando tarjetas, biromes y celulares de una mano a la otra y de vuelta a la mano original, sin dejar caer nunca nada.
Se acercan con paso lento pero confiado - tanta mujer suelta convierten a la playa en, literalmente, un ‘campo minado’. Están tan cerca tuyo que ya podés escuchar el siempre exagerado discurso de cómo ese boliche es mejor que cualquier otro. Se acercan un poco más, y empieza el ritual del reconocimiento: miran primero el largo de tus piernas y el tamaño de tu bikini (cuanto más diminuto el triangulito, más miran), miden cual cirujano plástico la curvatura de cada una de tus lolas, y pasan, finalmente al contacto visual: sostienen la mirada, siguen sosteniendo la mirada, sonríen, siguen sosteniendo la mirada, abren la boca y … ¿Y pasan de largo?
¡Hola, niño tarjetero! ¿A mi no me das entradas? ¿Qué acaso no estoy en edad de ir a bailar? ¿Estoy buena como para que me dejes tus ojos de regalo en mi escote pero no taaaan buena como para ir a tu boliche? ¿Cuántos años te pensás que tengo, eh? ¿Ya pase a ser muy-vieja-para-divertirme? ¿Eh? ¿¡EEEHHHHH?!
¡¡¡¡¡SOCORRO!!!!! ¡¡¡¡¡Que alguien me rescate!!!!! ¡¡¡¡¡Me hice adulta y no tengo idea de cuándo ni cómo!!!!!