27 de enero de 2012

Quiero pero no puedo

Todos dicen que la excusa más utilizada en el mundo de las relaciones es “no sos vos, soy yo”. En mi caso, la que gana (y por más ventaja que Cristina en las últimas elecciones) es “quiero, pero no puedo”. No puedo porque tengo novia, no puedo porque no voy a traicionar a mi amigo, no puedo porque sos demasiado mina para mi (¿?), no puedo porque tengo una historia complicada… Lo que se imaginen, me lo han dicho.
Ahora, yo me pregunto por qué no piensan en sus novias y en sus amigos y en sus historias y en todos esos “demases” ANTES de abrir la boca y prometer el mundo que, obviamente, jamás van a dar. Eso es lo peor de todo, que no te prometen llevarte a cenar y una noche juntos y hasta ahí llegamos. Nonono. Te mienten descaradamente y te agrandan el combo por 50 centavos: te juran amor eterno y tratarte como a una reina, como si vos fueses una boluda total y no supieras que el enamoramiento les va a durar lo mismo que la calentura, y que el desayuno en la cama se reemplaza por un “¿te llamo un taxi?” cuando la acción se acabó.
Chicos, las expectativas de una mujer no siempre son desmedidas desde el minuto uno… Muchas veces se inflan por las cosas que ustedes dicen. Si no se van a hacer cargo, entonces NO agiten.

23 de enero de 2012

Cosas que te pasan si sos eMJay (edición playera)

Hace unas semanas decidí hacerme una escapada de 4 días a la costa y, como no puede ser de otra manera, junté unas cuántas anécdotas para compartir… De esas historias y cosas que me pasan sólo a mí, y que se potencian durante el verano:




  1. Que el promedio de edad de los hombres que se acercan a chamuyarme supere un nuevo mínimo: 20 años (muy a mi pesar, en ese promedio se incluye algún ocasional ebrio de 17 años… Sigo así y antes de mi próximo cumpleaños me van a avanzar niños en edad preescolar).



  2. Acceder a dejarle mi PIN de Blackberry a un tarjetero (juro que fue MUY insistente) y que mande un “¿Cómo vaaaa? No te veo hace días por acaaaaa” una semana después de que volví a Capital.



  3. Ver un chico lindo en la entrada del boliche, buscarlo toda la noche, y encontrarlo en el momento exacto en el que está apretando salvajemente con la mina más linda de todo el lugar.



  4. Mientras estoy buscando al chico lindo del punto anterior, llega un mensaje de texto del último pibe con el que estuve – y que desapareció sin dejar rastro hace más de 2 meses – preguntando si quiero "hacer alguna”.



  5. Encontrar un bombonazo en la playa, que me hable, que me pida mi número de teléfono, arreglar para vernos a la noche, que al mediodía siguiente llame para disculparse por no haber salido la noche anterior y para encontrarnos “ahora ya” en la playa, y que yo ya esté en la ruta volviendo a Capital (y para rematar, que el chico en cuestión viva y trabaje en San Bernardo).

Claramente, esta soy yo, y estas son las cosas que me pasan…

17 de enero de 2012

Y yo encima con un Blackberry…

Soy una de esas pocas personas que, a la hora de decidir si va o no a un evento, le presta muy poca atención a quienes van a estar ahí. La mayoría de mis amigos va a fiestas sólo si saben que van a encontrarse con conocidos, o si van acompañados desde el principio. Yo no. No tengo problema en ir a cualquier lado y poco me importa si conozco a la gente que asiste. Soy en extremo sociable así que enseguida me pongo a hablar y a conocer gente nueva. Le hago algún comentario gracioso a uno, le pregunto algo a otro, le pido que me recomiende algo para tomar a un tercero, y de ahí en adelante se va dando la conversación. Claro que tiene sus riesgos, porque siempre existe la posibilidad de que no haya nadie con quien sociabilizar, pero hasta ahora nunca la había pasado mal. Y hago especial énfasis en “hasta ahora”.
Una amiga y su hermano organizaron una fiesta en su casa; había más de 100 personas y el 75% de los invitados no superaba los 22 años de edad. Me sentía la madre de todos, un horror. Los amigos del hermano hablaban en un idioma que no podía descifrar (en parte por el vocabulario desconocido, y en mayor medida por la cantidad de alcohol que habían ingerido y que ya no les dejaba pronunciar nada de forma clara). Los amigos de mi amiga le daban a los brownies de marihuana y a la gelatina de vodka que era de no creer. Literalmente, no tenía NADA que hacer en ese lugar, con NADIE. Pero mi amiga me había invitado y no podía decirle que no…
Para resumir la cuestión, hice lo que nunca: me convertí en una Blackberry adicta. Me pasé la mitad de la noche revisando el celular de manera frenética esperando encontrar alguna señal salvadora, algún plan alternativo, alguna excusa que me permitiera irme del lugar con un poco de dignidad (por estúpido que suene, llegar a mi casa un sábado a las 3 am me parecía de lo más triste). Por primera vez en la vida me sentí igualita a Bridget Jones cuando llega a la casa y revisa los mensajes en el contestador telefónico y lo que recibe por respuesta es un “no tienes absolutamente ningún mensaje, ni uno solo, ni siquiera de tu madre”. Nada. Ningún llamado, ninguna invitación de último momento en Facebook, ningún alerta de “estoy en una fiesta buenísima, vénganse todos” en WhatsApp, ni siquiera el clásico mensaje de texto desesperado de “¿en que andas?” de las 3.30 am. Nada de nada DE NADA.
Para eso tengo un Blackberry repleto de aplicaciones: para sentirme (como dice Drew Barrymore en la película ‘Simplemente no te quiere’) rechazada por 7 tecnologías distintas.

16 de enero de 2012

Feliz Navidad, Y

Llega esta época del año y me doy cuenta que mi debilidad por vos no tiene límites. Ya no te lloro, ya no te extraño, pero sigo con esa maldita (patética) necesidad de saber qué es de tu vida y si sos feliz; como si tu bienestar fuese responsabilidad mía, como si yo te hubiese empujado a tomar las decisiones que tomaste. Todavía no entiendo cómo es posible no amarte y que en mi corazón el no verte nunca más no sea un alivio, sino una tortura infinita.
Así llegó otra Navidad y un saludo fue la excusa perfecta para volver a marcar el número de tu celular. Increíble, hace años que no te llamo y no tuve ni la más mínima duda de cuales eran las teclas que tenía que apretar y en qué orden. Al principio pensé que, para ser fiel a la tradición, iba a tener que llamarte unas diez veces antes de que me atendieras. De hecho, hasta me debatí a mi misma cuál era un número decente de llamadas para hacer (con una parece que me quiero sacar el asunto de encima, dos que no intente lo suficiente, con ocho soy una arrastrada y con diez directamente soy un caso agudo de neurosis).
Esta vez, sin embargo, la respuesta no se hizo esperar. Cada uno de mis intentos se vió recompensado con un inmediato “el número con el que usted desea comunicarse no puede atenderlo en este momento…”. Después, la nada. La ausencia total de sonido y mis pensamientos que vuelan como dagas de un hemisferio al otro de mi cerebro: ¿Cambiaste de número? ¿Estás ocupado? ¿O será que finalmente armaste tus valijas y te fuiste de este país?
Y así, con un silencio ensordecedor, se cae el último puente que podía conectarme a vos. Se ve que hasta el destino se cansó de las idas y vueltas y decidió cortar con lo que yo nunca pude.
Hasta que nos volvamos a encontrar, Nene…