31 de octubre de 2011

Noche de brujas (y no tan brujas)



Uno de mis amigos dice que en Halloween las minas se visten de trolas, y los hombres… también. Salir este fin de semana fue encontrarse con la vía pública convertida en un desfile de personajes, pelucas de colores, brillantinas, accesorios extravagantes… Literalmente, una fiesta. Por el lado de las chicas, me encontré desde Madonnas, Amy Winehouses, Gatúbelas y Caperucitas, hasta marineras, piratas, vaqueras, hippies, colegialas, e incluso Minnie Mouse. Mil y un alter-egos con una característica fundamental en común: cuánta más piel se vea, mejor.
Todavía no puedo entender por qué en el imaginario femenino la idea de una noche de disfraces es el justificativo perfecto para salir tapada con 3 pedacitos ínfimos de tela que dejen absolutamente nada librado a la imaginación de los individuos presentes. Me parece buenísimo que la que no tenga problemas y pudores con su cuerpo se muestre de la forma que quiera, pero lo que me resulta incomprensible es que toda la elección del disfraz gire en torno a cuánto muestro y qué personaje es el que va a resultar más “ganador” entre la platea masculina. La noche de brujas se convierte en una competencia de “itas” - conejitas de Playboy, diablitas, haditas, enfermeritas (el diminutivo en el nombre del personaje es directamente proporcional a la reducción en vestimenta que requiere) – y chicas “hot” – novia hot, vaquera hot, pirata hot… ¡Y que gane la más trola!

27 de octubre de 2011

Reflexión del día

Por uno de esos milagros de la vida, tuve la tarde libre en el trabajo. Como buena workaholic que soy, llegué a casa y me puse a adelantar cosas con la televisión de fondo. Tanta suerte tuve (nótese la ironía) que enganché una entrevista a Cintia Fernández, en la cual confesaba haberse sentido “avergonzada” cuando se enteró que su ex novio la engañaba, que no quería mostrarse más en público después del escándalo que se desató en lo medios (¿?), y demás boludeces.
Ahora, yo me pregunto, ¿Dónde le quedaron la vergüenza y el pudor cuando salió a hacer un strip-dance y se quedó en pelotas delante de todo el país?

17 de octubre de 2011

Facebook, ¿me estas cargando?





PÁGINA DE INICIO DE FACEBOOK

Personas que quizás conozcas: XXXXXXX
(Foto de “ella”)
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Todos tenemos un ex que queremos dejar en el olvido. En mi caso, el ex en cuestión es (y juro que no exagero) un freak de proporciones épicas.
Igual, lo importante en esta historia no es tanto él, sino ella. Ella, que había sido de mis mejores amigas durante toda la secundaria, que íbamos casi todos los fines de semana al mismo boliche de moda, que salimos ‘de a cuatro’ (mi ex, su ex y nosotras dos)… Ella, que se puso de novia con mi ex y se mudó a su casa y fue tan caradura como para verme 2 veces por semana, a lo largo de todo un año de clases de baile compartidas, y no decirme NADA… Es ella, su foto, la que aparece en la página de inicio de Facebook.

Facebook, ¿me estás cargando?

12 de octubre de 2011

Habilitame un código

El fin de semana fuí a una fiesta. Bastante reducida en tamaño, no éramos más que unas 20 ó 25 personas, y todos más o menos conocidos (léase, los amigos del dueño de casa, más algunas amigas de las amigas del dueño de casa). Todo arrancó muy tranquilo, un trago acá, otro allá, pasame la cerveza, te alcanzo el Fernet, y de a poco fuimos entrando en confianza.
A medida que corrieron las horas (y el alcohol, por supuesto) los hombres empezaron con las clásicas movidas de levante: ¿tu amiga tiene novio?, ¿tu novio te está controlando que mirás tanto el celular? (si, me reservo los comentarios respecto a este avance en particular), etc. Algunos te sacaban a bailar, otros se acercaban con un trago… Todo tranquilo. Hasta que la fiesta se convirtió en una jungla de animales depredadores, y no precisamente porque nosotras sacáramos las garras y la esencia felina. Los flacos empezaron literalmente a serrucharse el piso los unos a los otros – si vos hablabas con el rubio, enseguida venía el alto y te sacaba a bailar; si estabas bailando con el morocho, venía el de ojos claros y te ofrecía un trago. Realmente era de no creer, sobre todo si tenemos en cuenta que eran todos amigos.
Está bien que en la fiesta había el doble de hombres que mujeres, pero… ¿tan desesperados van a estar? Lo peor de todo fue que parecía no afectarles en lo más mínimo el estar pisándose entre sí y hacer el acto patético de “soy-el-macho-alfa-me-creo-mil”. Era más que obvio que ninguno buscaba a su 'media naranja' (ninguna buscaba novio tampoco, para el caso), pero así como no te metés con la novia de tu amigo, tampoco le arruinás el momento y le serruchás el levante… ¿no?

Cero códigos. CERO.

10 de octubre de 2011

¿A qué te dedicás?

Todos sabemos que el ABC para romper el hielo en una fiesta demanda que en los primeros minutos de diálogo se toquen los temas del estudio y el trabajo: qué carrera estudiás, dónde, qué hacés para vivir, y de ahí en adelante el rumbo de la conversación depende de las habilidades de cada uno de los participantes. Normalmente uno esperaría que la persona con la que habla se dedique a cosas medianamente comunes - trabajar en un estudio de abogados, un laboratorio, ser analista de sistemas, médico, músico, docente, diseñador gráfico, cadete, organizador de eventos… Pero claro, yo no soy normal y, consecuentemente, nunca me pasan cosas normales.
Reproduzco a continuación un diálogo que mantuve con un pibe la noche del sábado. Los paréntesis indican reacciones mentales de quien les escribe.
El: “Yo me desenvuelvo en el sector público, estoy en el negocio de las obras públicas”
Yo: “Ahhhhh… ¿Y qué es lo que haces exactamente? Digo, ‘sector público’ abarca muchas cosas…” (tirame una punta porque no te entiendo)
El: “Estoy en una empresa que hace obras públicas y yo soy el encargado de conseguir financiación para los proyectos”
Yo: “O sea que trabajas con políticos” (a ver si te estoy siguiendo)
El: “Si, soy el encargado de hacer que elijan nuestra empresa antes que otras que tienen proyectos para la misma obra”
Yo: “Sos el encargado de conseguir las famosas cometas, básicamente” (tiremos un chiste porque esto tiene mala pinta)
El: “Y si, tengo que hacer que los políticos estén contentos… Los llevo a tomar algo, les contrato un par de chicas, les presento gente…” (por favor decime que no me estas hablando en serio) “¿Y vos a qué te dedicás?”
Yo: “Yo soy bailarina” (con toda la seriedad del mundo)
El: “Mira vos. ¿Y qué estilo bailas? ¿Clásico, jazz…?”
Yo: “Caño. Soy bailarina de caño” (con lo que me acabas de contar, flaco, no puedo contestarte otra cosa)
El: “Perdón, creo que no te entendí bien. ¿Dijiste que sos bailarina de caño?” (no te hagas el que no me entendiste)
Yo: “Si, bailarina de caño” (sonrisa indisimulable ante la autosatisfacción que me produce ver como se le cae la mandíbula hasta el piso)

En fin. No sé que es lo que se le pasa por la cabeza a un flaco cuando, entre trago y trago, te admite orgullosamente que es el encargado de enfiestar a los políticos de tu país. ¿En algún momento se le ocurrió que eso podía llegar a sonar sexy o interesante? Digo, tranquilamente se podría haber ahorrado los detalles macabros de la cuestión, ¿o no? Y en todo caso, pibe, ¿qué te venís a hacer el recatado cuando te digo que soy bailarina de caño? Al final del día, ¿no es a eso a lo que te dedicas?

9 de octubre de 2011

El perfume de la soledad

(carta abierta a "Y")


No se por qué extraño motivo, cada vez que me preparo para salir, dejo siempre “el perfumarme” como último paso. Como si la fragancia fuese a durar muchísimo más tiempo si me la rocío 15 segundos antes o 2 minutos después. Ridículo - otra de mis tantas conductas crónicas que realmente no tienen ninguna explicación lógica que las sustente.
Ayer, en cuanto estuve lista para salir, repetí el acostumbrado ritual del perfume. Fuí hasta el baño, saqué la botellita rosa de su caja, presioné y… Nada. Mi fragancia se había acabado. Literalmente, lo exprimí hasta la última gota. Hecho totalmente irrelevante en la vida de una persona, quedarse sin perfume. Y totalmente solucionable, además, con una breve visita a la perfumería o (si se es muy afortunado) a algún FreeShop.
Pero yo no soy cualquier persona, soy yo-la-que-se-obsesiona-con-los-detalles, la que se fija en todo con mirada inquisidora y que no cree jamás de los jamases en la coincidencias. “Las casualidades son las cicatrices del destino”, decía Julián Carax en ‘La Sombra del Viento’. No hay casualidades.
Voy a admitir acá, sobre esta pantalla que simula tan hermosamente un papel, que se me encogió el alma cuando me quedé con mi frasquito rosa de Givenchy vacío en la mano. Es que ese no era cualquier perfume: era TU perfume. El que llevaba puesto el día que te conocí y que oliste en mi cuello antes de darnos nuestro primer beso, ahí en la orilla del mar y con un cielo rabioso de estrellas... El que me puse (sin excepción) desde ese día en adelante cada vez que nos vimos y el que le rocié a cada tarjetita y nota que te escribí... El mismo que dejé de usar, en señal de duelo, la misma noche que no devolviste mis llamadas porque, seamos honestos, de que sirve perfumarse si nadie va a aspirar ese aroma tan minuciosamente seleccionado de nuestra piel… El mismo Givenchy que muy concienzudamente me negué a ponerme el día que nos reencontramos, meses después, y que vos (siempre olfativamente agudo) me reclamaste con un “¿y qué pasó con tu perfume?”… ESE perfume se me terminó, el que me recuerda, más que cualquier otra cosa, a NOSOTROS.
Quizás te sorprenda que no haya hablado de vos y que haya hablado de nosotros. Sí te extraño, pero más que extrañarte a vos singular, extraño todo-lo-que-pensé-que-podíamos-ser-nosotros-plural. Después de tanto tiempo, todavía te sigo pensando y nos sigo pensando. Me costó unos cuantos meses de autoflagelación mental volver a usar esa fragancia y convencerme de que no era el perfume de la soledad y de tu ausencia; des-asociarlo de tu persona y volver a hacerlo mío propio, como lo había sido alguna vez, antes de que vos entraras en mi vida. Pero todavía quedan gotitas de nosotros en el aire, todavía las exprimo y las atesoro e intento que me duren un poquito más... Sólo unos segundos más…
Por supuesto que soñé con vos. Te ví y te abracé y me hundí en tus pupilas verde mar hasta que me dolieron los ojos de tanto mirarte. No te besé, porque el orgullo me dura hasta en los sueños, pero te hice por millonésima vez la pregunta de siempre: “¿sos feliz?”. Donde quiera que estés, realmente espero que lo seas.