Por primera vez en la vida decidí
probar como es esto del ‘touch and go’. Sí, leyeron bien: estuve con alguien
que no es mi pareja, a quien conozco (pero no tanto), y la pasé como el orto.
Lo curioso es que al principio
venía todo impecable; el chico se portó de lo más dulce, muy considerado y cuidadoso.
Es más, hasta logró que no me sintiera como la ballena Willy en el momento en
el que me saqué la ropa. Tan cómoda estaba que, una vez finalizado “el
momento”, por primera vez en mucho tiempo me relajé y no sentí esa imperiosa necesidad
de vestirme y escaparme en menos de 10 segundos.
Obviamente, como suele ocurrirme
a mí, la felicidad duró muy poco y me llevé una crudísima dosis de realidad en
cuanto el chico en cuestión volvió del baño. Me lanzó una mirada bastante
cortante y, por si me quedaba alguna duda, disparó un “¿no te vestiste todavía?”. ¡Pum!
A quemarropa. Me quedé helada medio segundo (pibe, hace dos minutos eras un
amor, ¿qué onda? ¿volvió tu gemelo malvado del baño?) y, en cuanto reaccioné,
me vestí a la velocidad de la luz (totalmente cohibida y sintiéndome el ser más
repugnante de la historia, por cierto).
Aparte de que mentalmente le
dediqué una lista de insultos bien completita de la A a la Z a sus inexistentes
caballerosidad y tacto, no creerían cuánto me torturé a mí misma por haberme
puesto en esa situación. T-E-R-R-I-B-L-E.
Inevitable conclusión de la
noche: Eso te pasa por trola, eMJay.
