30 de noviembre de 2011

Cuánta Cindor te hace falta...

No van a creer a donde fui ayer. De hecho, ni yo me lo creo todavía. Pensé que mis días de fiestas de egresados se habían quedado en algún rincón del olvido, agarrados de la manito de mis 17 y mis 18 años, pero no. Se juntaron la insistencia adolescente de una de mis compañeras de baile y mi completa incapacidad de decir “no”, y así terminé, a mitad de la semana, adentro de un boliche festejando nuevamente el final de la secundaria. A pesar de que hoy estoy pagando las consecuencias de mi arrebato de adolescencia tardía (por no decir irresponsabilidad), sepan que valió la pena cada segundo.
Si son aunque sea un poquito parecidas a mí, seguro se están preguntando qué puede haber de interesante en un boliche lleno de criaturas de 18 a 22 años, y la respuesta es precisamente esa: niños de 18 a 22 años. Antes de que saquen conclusiones apresuradas, NO, no me agarré a ningún nene (estoy sola pero no desesperada), pero más de uno me sorprendió.
Así como hace un par de días escribí que los hombres en la franja de los 25-30 años se quedan en pose esperando que sea la mujer quién dé el primer paso, ayer ví que la franja de 20-25 hace exactamente lo contrario. Encaran con una actitud de “me-llevo-el-mundo-por-delante-no-me-importa-nada” (rayando en la arrogancia), se acercan con una confianza extrema, no aceptan un “no” con facilidad, y van directo al punto y sin vueltas: “Me gustás, ¿qué te parece si nos divertimos un rato? ¿Bailamos o te invito un trago?” (OK, quizás un poco demasiado directos, pero por lo menos te invitan algo, que es mucho más de lo que puedo decir de los de mi edad, que ni siquiera se animan a encarar…). Si bien el chamuyo y la conversación que son capaces de elaborar son bastante limitados y llenos de clichés, es innegable que le ponen empeño y la reman en dulce de leche de ser necesario, así los mandes a tomar Cindor o de paseo a Disney.
Además, si seguimos con las comparaciones odiosas, ¿cuántos tipo de 30 hay que parecen tener, por lo menos, 10 años más? No saben la de espaldas, brazos, abdominales y demás musculosos que pegaron los chiquitos… Ufffff. No sé cuál será el ingrediente secreto que le ponen al Danonino, pero ha hecho maravillas en la nueva generación (La Serenísima, ¡gracias por tanto!).
Una noche memorable. Aunque tengo muy en claro que los niños en cuestión les deben decir lo mismo a tooooooooooodas, hace rato que no me iba de un boliche con el ego unos cuantos escalones arriba. Y, si escarbamos un poquito más y arrancamos con las confesiones, me veo en la obligación de admitir que hubo uno de 22 en particular al que podría no haberle contestado “¿sabés cuánta Cindor te hace falta?” si insistía sólo un poquito más… (sisi, culpable total de sólo pensarlo).

Ojo chicas, las cosas que estamos dejando pasar…

9 de noviembre de 2011

OH DIOS!as Comparaciones

Esas pequeñas grandes diferencias que existen entre lo que desearíamos decir cuando hablamos (entre paréntesis y cursiva) y lo que en realidad decimos…


El:
¿Qué hacés desaparecida? ¿En qué estás?

Ella:
(¿Yo? La última vez que VOS me mandaste un mensaje hiciste colapsar el sistema Blackberry a nivel mundial ¿¡¿Desaparecida YO?!?)
Eyyyyy… ¿Cómo andas tanto tiempo?

El:
Todo bien, laburando, estudiando, noviando…

Ella:
(Ya sé que estás noviando, ¿por qué te pensas que dejamos de hablar?)
Veo que todo bien, que bueno

El:
Si, no me puedo quejar, ¿y vos?

Ella:
(Ya se que me hablás porque necesitas algo, cortemos con las vueltas)
También, estudiando, trabajando mucho, solteriando… Impecable.
(Debería haber enfatizado más lo de la soltería)

El:
A full… ¿Y qué te pasa que estás tan desaparecida?

Ella:
(¡Que estás de novio me pasa, tarado!)
Estoy con muchas cosas, nada más

El:
Buena onda… Escuchá, te quería preguntar algo. ¿Viste que el año pasado me ayudaste a elegir unos regalos?

Ella:
(¿Te ayudé a elegir? ¡¡¡CARADURA!!! ¡¡¡Fui a elegirlos y comprarlos por vos!!!)
Si, obvio que me acuerdo

El:
Bueno, nada, pensé que capaz me podías dar una mano de nuevo…

Ella:
(¿Y por qué me lo pedís a mí? Pedile ayuda al gato ese rubio, que para eso es tu novia)
Uhhh… Estoy complicada… ¿Para cuando los necesitas?

El:
Y… para el finde que viene… ¿Muy complicada estas? Te juro que es un ratito, nada más…

Ella:
(¿Y tu novia no te puede dedicar ese ratito?)
Es que estoy ensayando todas las tardes… Lo veo complicado… No se, de última llamame el día que quieras ir, a ver si me puedo desocupar…



En síntesis, una imbécil total.
Cuánto más claro sería todo si dejara de ser, alguna vez, tan políticamente correcta…

8 de noviembre de 2011

Volvamos a los 15

Imagínense la situación. Sábado a la noche. Boliche topísimo en Palermo Soho. Parlantes estallando de melodías electrónicas. Luces multicolores encegueciéndote a cada paso. La barra desbordada de gente pidiendo tragos. Las mujeres, divas: pestañas kilométricas, bocas cubiertas de gloss, perfume importado, todas enfundadas en mini-vestiditos para el infarto y tacazos que dejarían petiso hasta al mismísimo Manu Ginóbili. Y los hombres… ¿Dónde están los hombres?
Tomando y paveando entre ellos, mirando fijo las pantallas de sus Blackberry y sus iPhones, tratando de arreglar quién sabe qué y con quién (mi apuesta personal es a favor del clásico mensaje de texto desesperado de las 4 am que todas hemos recibido alguna vez). Algunos de los pibes mirando hacia el horizonte, posando los ojos muy de vez en cuando sobre alguna chica a la cual ni de casualidad se le acercaron. Como diría una amiga, unos gomas totales. ¿Dónde quedaron los hombres que iban al frente y te encaraban, que te sacaban a bailar, que te invitaban un trago?
Quiero aclarar que mi comentario no es de resentida-porque-nadie-me-vino-a-hablar. Nada más alejado de la realidad. Éramos un grupo numeroso de chicas, y muchas de mis amigas son realmente muy bonitas… Me sorprendió que nadie se les acercara ni a pedirles un cigarrillo, y no fuí la única - el comentario generalizado de la noche fue el comportamiento inusual de los hombres… Esos ahí parados en la barra haciéndose los lindos, creyéndose mil, incapaces de pronunciar una palabra o hacer un mínimo acercamiento, ¿son los mismos pibes que en las fiestas de 15 se arrancaban los ojos por sacar a las chicas más lindas a bailar?
Cuando llegué a casa todavía pensaba en mi adolescencia y en las primeras veces que fui a un boliche. En cómo mi mamá me repetía hasta el cansancio (mío, obvio, ella no se cansaba nunca) las reglas de las salidas de noche: no hables con desconocidos, no aceptes gaseosas que no se abran delante tuyo, no des el número de teléfono de casa (si, el celular no era masivo en aquél entonces), etc. ¡Qué distintas son mis respuestas, 10 años después, a esos consejos maternos! En vez del clásico “si mamá, quedate tranquila, me voy a cuidar” debería contestar algo así como “no te preocupes mamá, que por más que quiera desobedecerte nadie va a pedirme mi número de teléfono, nadie va a invitarme un trago, y nadie va a acercarse siquiera a hablarme”.
Malísimo.