Últimos días de verano, época de liquidaciones, y momento en el cual la gran mayoría de mis amigas, como buenas féminas que son, hacen del ‘window shopping’* su pasatiempo número 1.
Entre las varias entradas y salidas de diversos locales, encuentro un sueño colgando en un perchero: un vestido strapless negro, largo apenas por arriba de la rodilla, de una tela semi-raso (suavecita y con un brillo súper sobrio). La perfección misma. Y por el 50% de su valor original.
Lo miré, lo acaricié, le dí vueltas para un lado y para el otro intentando encontrar una falla, un defecto, ALGO que frenara mi impulso de compralo-ahora-ya-urgentemente. Nada. Valía todos y cada uno de los $300 que costaba (si, una desgracia para mi cuenta bancaria).
Busqué a mi amiga con la vista, levanté la percha, y esperé el veredicto: “No sé qué estás esperando para probártelo”. Sí, definitivamente. Yo tampoco sabía qué estaba esperando -estaba claro que había sido amor a primera vista- pero me sentía mejor si alguien más respaldaba mi elección. “Me lo compro y me lo pongo para la fiesta de M”, dije mientras caminaba hacia el probador.
Oh no.
Oh no.
OH NO.
La fiesta de M.
La única noche donde lo puedo ver a él, a M, sin poner excusas de ningún tipo y soy feliz nada más que porque estoy en su lista de invitados. El único evento para el que me preparo con días de anticipación, para el cual me pruebo literalmente toda mi ropa un mínimo de 30 veces en busca del vestuario perfecto, el que me tiene en vela toda la noche anterior pensando qué hago con mis rulos descontrolados y cuál es la proporción ideal de color/intensidad/cantidad de maquillaje, y todo para arrepentirme media hora antes de salir de casa porque siento que nunca estoy lo suficientemente linda, y, si me vestí un poco mas sexy de lo normal, me siento lisa y llanamente ridícula.
Esa fiesta a la cual me muero por ir, en donde M no va a dedicarme más de media mirada (van a ser todas para su nueva novia), en la cual yo voy a estar toda la noche con el monstruo de los celos carcomiéndome las entrañas y poniendo mi mejor sonrisa como si nada me estuviera pasando. Esa noche en la cual absolutamente todos se embriagan y se descontrolan y se divierten y la única noche al año en donde quiero ahogar todas mis penas en alcohol y agarrarme la borrachera de mi vida e, irónicamente, estoy más sobria y controlada que nunca, no sea cosa que me meta en problemas.
Esa MALDITA fiesta.
Paré en seco, me giré, y con un largo suspiro dejé la percha de vuelta en su lugar. No quería ese vestido para mí, lo quería para impresionarlo a él y (qué ingenua soy) para recordarle que entre nosotros dos todavía hay cuentas pendientes (léase, que yo todavía me muero de amor cada vez que lo veo). Felicitaciones, eMJay, bienvenida al mundo real: No tiene ningún sentido seguir ilusionándose y producirse tanto para alguien que no va a valorarlo.
Adiós, hermoso strapless de tela de ensueño. Cuando aprenda a hacer las cosas por mí, juro que te vuelvo a buscar.
* Window Shopping: Pasatiempo mayormente femenino que consiste en devorar vidrieras y percheros de ropa a través de la vista y formular reiteradas quejas acerca de la mercadería (ya sea por sus elevados precios o por los talles y colores no disponibles). Pueden llegar a observarse también ataques de furia y/o pánico en ciertos sujetos tras experimentarse cierto tipo de angustia existencial al notarse un cúmulo de calorías extras depositado en las denominadas “zonas problemáticas”. Dichos ataques son controlados mediante bebidas o brebajes calóricos, tales como el helado o el café. Irónicamente, todos los componentes que conforman la actividad ‘window shopping’ generan endorfinas positivas y, consecuentemente, producen saciedad, felicidad y placer en los sujetos observados.
Entre las varias entradas y salidas de diversos locales, encuentro un sueño colgando en un perchero: un vestido strapless negro, largo apenas por arriba de la rodilla, de una tela semi-raso (suavecita y con un brillo súper sobrio). La perfección misma. Y por el 50% de su valor original.
Lo miré, lo acaricié, le dí vueltas para un lado y para el otro intentando encontrar una falla, un defecto, ALGO que frenara mi impulso de compralo-ahora-ya-urgentemente. Nada. Valía todos y cada uno de los $300 que costaba (si, una desgracia para mi cuenta bancaria).
Busqué a mi amiga con la vista, levanté la percha, y esperé el veredicto: “No sé qué estás esperando para probártelo”. Sí, definitivamente. Yo tampoco sabía qué estaba esperando -estaba claro que había sido amor a primera vista- pero me sentía mejor si alguien más respaldaba mi elección. “Me lo compro y me lo pongo para la fiesta de M”, dije mientras caminaba hacia el probador.
Oh no.
Oh no.
OH NO.
La fiesta de M.
La única noche donde lo puedo ver a él, a M, sin poner excusas de ningún tipo y soy feliz nada más que porque estoy en su lista de invitados. El único evento para el que me preparo con días de anticipación, para el cual me pruebo literalmente toda mi ropa un mínimo de 30 veces en busca del vestuario perfecto, el que me tiene en vela toda la noche anterior pensando qué hago con mis rulos descontrolados y cuál es la proporción ideal de color/intensidad/cantidad de maquillaje, y todo para arrepentirme media hora antes de salir de casa porque siento que nunca estoy lo suficientemente linda, y, si me vestí un poco mas sexy de lo normal, me siento lisa y llanamente ridícula.
Esa fiesta a la cual me muero por ir, en donde M no va a dedicarme más de media mirada (van a ser todas para su nueva novia), en la cual yo voy a estar toda la noche con el monstruo de los celos carcomiéndome las entrañas y poniendo mi mejor sonrisa como si nada me estuviera pasando. Esa noche en la cual absolutamente todos se embriagan y se descontrolan y se divierten y la única noche al año en donde quiero ahogar todas mis penas en alcohol y agarrarme la borrachera de mi vida e, irónicamente, estoy más sobria y controlada que nunca, no sea cosa que me meta en problemas.
Esa MALDITA fiesta.
Paré en seco, me giré, y con un largo suspiro dejé la percha de vuelta en su lugar. No quería ese vestido para mí, lo quería para impresionarlo a él y (qué ingenua soy) para recordarle que entre nosotros dos todavía hay cuentas pendientes (léase, que yo todavía me muero de amor cada vez que lo veo). Felicitaciones, eMJay, bienvenida al mundo real: No tiene ningún sentido seguir ilusionándose y producirse tanto para alguien que no va a valorarlo.
Adiós, hermoso strapless de tela de ensueño. Cuando aprenda a hacer las cosas por mí, juro que te vuelvo a buscar.
* Window Shopping: Pasatiempo mayormente femenino que consiste en devorar vidrieras y percheros de ropa a través de la vista y formular reiteradas quejas acerca de la mercadería (ya sea por sus elevados precios o por los talles y colores no disponibles). Pueden llegar a observarse también ataques de furia y/o pánico en ciertos sujetos tras experimentarse cierto tipo de angustia existencial al notarse un cúmulo de calorías extras depositado en las denominadas “zonas problemáticas”. Dichos ataques son controlados mediante bebidas o brebajes calóricos, tales como el helado o el café. Irónicamente, todos los componentes que conforman la actividad ‘window shopping’ generan endorfinas positivas y, consecuentemente, producen saciedad, felicidad y placer en los sujetos observados.
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