El fin de semana fui víctima de un “chape paracaidista”. Como uno de esos golpes que te dan de lleno y vos no sabés ni de dónde salieron, así fue mi situación: nunca la ví venir.
Fui a una fiesta (increíble, por cierto) y durante la noche había estado cruzando un par de palabras con un chico súper simpático – todo el tiempo hacía chistes o me comentaba algo que me hacía reír. En ningún momento sentí que la interacción fuera en plan levante; me lo tomé simplemente como una conversación entretenida y “buena onda” entre dos extraños que se conocen en una fiesta, se caen bien mutuamente, y cuyos amigos ya tienen elevadísimos niveles de alcohol en sangre.
En una de mis tantas idas y venidas a la pista de baile (se sabe que no puedo quedarme demasiado tiempo quieta en el mismo lugar), ¡ZAS! El chico me agarró suavemente del brazo, me acercó la cara y me plantó un beso. Reitero – jamás me sentí ‘abordada’. Pensé que se me acercaba porque quería decirme algo y la música estaba muy fuerte… Cualquiera (mis amigas dirían que esto de no ver las cosas es mi especialidad, pero eso será tema de algún otro post).
Como se imaginarán, me fui de la fiesta de súper buen humor. Qué bien conocer a alguien simpático, interesante y decidido (convengamos que la jugarreta del beso fue una apuesta muy arriesgada que podría haber tenido consecuencias nefastas). Y como siempre se deja lo mejor para el final, acá va la frutillita del postre: encima de todo, cero creído y buen besador. Aplausos para el chico, por favor.
Fui a una fiesta (increíble, por cierto) y durante la noche había estado cruzando un par de palabras con un chico súper simpático – todo el tiempo hacía chistes o me comentaba algo que me hacía reír. En ningún momento sentí que la interacción fuera en plan levante; me lo tomé simplemente como una conversación entretenida y “buena onda” entre dos extraños que se conocen en una fiesta, se caen bien mutuamente, y cuyos amigos ya tienen elevadísimos niveles de alcohol en sangre.
En una de mis tantas idas y venidas a la pista de baile (se sabe que no puedo quedarme demasiado tiempo quieta en el mismo lugar), ¡ZAS! El chico me agarró suavemente del brazo, me acercó la cara y me plantó un beso. Reitero – jamás me sentí ‘abordada’. Pensé que se me acercaba porque quería decirme algo y la música estaba muy fuerte… Cualquiera (mis amigas dirían que esto de no ver las cosas es mi especialidad, pero eso será tema de algún otro post).
Como se imaginarán, me fui de la fiesta de súper buen humor. Qué bien conocer a alguien simpático, interesante y decidido (convengamos que la jugarreta del beso fue una apuesta muy arriesgada que podría haber tenido consecuencias nefastas). Y como siempre se deja lo mejor para el final, acá va la frutillita del postre: encima de todo, cero creído y buen besador. Aplausos para el chico, por favor.
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