17 de enero de 2012

Y yo encima con un Blackberry…

Soy una de esas pocas personas que, a la hora de decidir si va o no a un evento, le presta muy poca atención a quienes van a estar ahí. La mayoría de mis amigos va a fiestas sólo si saben que van a encontrarse con conocidos, o si van acompañados desde el principio. Yo no. No tengo problema en ir a cualquier lado y poco me importa si conozco a la gente que asiste. Soy en extremo sociable así que enseguida me pongo a hablar y a conocer gente nueva. Le hago algún comentario gracioso a uno, le pregunto algo a otro, le pido que me recomiende algo para tomar a un tercero, y de ahí en adelante se va dando la conversación. Claro que tiene sus riesgos, porque siempre existe la posibilidad de que no haya nadie con quien sociabilizar, pero hasta ahora nunca la había pasado mal. Y hago especial énfasis en “hasta ahora”.
Una amiga y su hermano organizaron una fiesta en su casa; había más de 100 personas y el 75% de los invitados no superaba los 22 años de edad. Me sentía la madre de todos, un horror. Los amigos del hermano hablaban en un idioma que no podía descifrar (en parte por el vocabulario desconocido, y en mayor medida por la cantidad de alcohol que habían ingerido y que ya no les dejaba pronunciar nada de forma clara). Los amigos de mi amiga le daban a los brownies de marihuana y a la gelatina de vodka que era de no creer. Literalmente, no tenía NADA que hacer en ese lugar, con NADIE. Pero mi amiga me había invitado y no podía decirle que no…
Para resumir la cuestión, hice lo que nunca: me convertí en una Blackberry adicta. Me pasé la mitad de la noche revisando el celular de manera frenética esperando encontrar alguna señal salvadora, algún plan alternativo, alguna excusa que me permitiera irme del lugar con un poco de dignidad (por estúpido que suene, llegar a mi casa un sábado a las 3 am me parecía de lo más triste). Por primera vez en la vida me sentí igualita a Bridget Jones cuando llega a la casa y revisa los mensajes en el contestador telefónico y lo que recibe por respuesta es un “no tienes absolutamente ningún mensaje, ni uno solo, ni siquiera de tu madre”. Nada. Ningún llamado, ninguna invitación de último momento en Facebook, ningún alerta de “estoy en una fiesta buenísima, vénganse todos” en WhatsApp, ni siquiera el clásico mensaje de texto desesperado de “¿en que andas?” de las 3.30 am. Nada de nada DE NADA.
Para eso tengo un Blackberry repleto de aplicaciones: para sentirme (como dice Drew Barrymore en la película ‘Simplemente no te quiere’) rechazada por 7 tecnologías distintas.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario