Llega esta época del año y me doy cuenta que mi debilidad por vos no tiene límites. Ya no te lloro, ya no te extraño, pero sigo con esa maldita (patética) necesidad de saber qué es de tu vida y si sos feliz; como si tu bienestar fuese responsabilidad mía, como si yo te hubiese empujado a tomar las decisiones que tomaste. Todavía no entiendo cómo es posible no amarte y que en mi corazón el no verte nunca más no sea un alivio, sino una tortura infinita.
Así llegó otra Navidad y un saludo fue la excusa perfecta para volver a marcar el número de tu celular. Increíble, hace años que no te llamo y no tuve ni la más mínima duda de cuales eran las teclas que tenía que apretar y en qué orden. Al principio pensé que, para ser fiel a la tradición, iba a tener que llamarte unas diez veces antes de que me atendieras. De hecho, hasta me debatí a mi misma cuál era un número decente de llamadas para hacer (con una parece que me quiero sacar el asunto de encima, dos que no intente lo suficiente, con ocho soy una arrastrada y con diez directamente soy un caso agudo de neurosis).
Esta vez, sin embargo, la respuesta no se hizo esperar. Cada uno de mis intentos se vió recompensado con un inmediato “el número con el que usted desea comunicarse no puede atenderlo en este momento…”. Después, la nada. La ausencia total de sonido y mis pensamientos que vuelan como dagas de un hemisferio al otro de mi cerebro: ¿Cambiaste de número? ¿Estás ocupado? ¿O será que finalmente armaste tus valijas y te fuiste de este país?
Y así, con un silencio ensordecedor, se cae el último puente que podía conectarme a vos. Se ve que hasta el destino se cansó de las idas y vueltas y decidió cortar con lo que yo nunca pude.
Hasta que nos volvamos a encontrar, Nene…
Así llegó otra Navidad y un saludo fue la excusa perfecta para volver a marcar el número de tu celular. Increíble, hace años que no te llamo y no tuve ni la más mínima duda de cuales eran las teclas que tenía que apretar y en qué orden. Al principio pensé que, para ser fiel a la tradición, iba a tener que llamarte unas diez veces antes de que me atendieras. De hecho, hasta me debatí a mi misma cuál era un número decente de llamadas para hacer (con una parece que me quiero sacar el asunto de encima, dos que no intente lo suficiente, con ocho soy una arrastrada y con diez directamente soy un caso agudo de neurosis).
Esta vez, sin embargo, la respuesta no se hizo esperar. Cada uno de mis intentos se vió recompensado con un inmediato “el número con el que usted desea comunicarse no puede atenderlo en este momento…”. Después, la nada. La ausencia total de sonido y mis pensamientos que vuelan como dagas de un hemisferio al otro de mi cerebro: ¿Cambiaste de número? ¿Estás ocupado? ¿O será que finalmente armaste tus valijas y te fuiste de este país?
Y así, con un silencio ensordecedor, se cae el último puente que podía conectarme a vos. Se ve que hasta el destino se cansó de las idas y vueltas y decidió cortar con lo que yo nunca pude.
Hasta que nos volvamos a encontrar, Nene…
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