7 de febrero de 2012

Sprite tiene algo que decirte…

Les molesta que tengas un auto mejor/más nuevo/más rápido/más grande que el de ellos. Verte bajar del lado del conductor de un buen auto los transforma en una suerte de increíble Hulk con úlceras y urticaria. Y si encima sos habilidosa al volante, preparate para el Apocalipsis – creo que ser cornudos los avergonzaría menos que tener que admitir que una chica sabe manejar en serio.
Acabo de volver de un cumpleaños en la casa de un amigo. La mayoría de los invitados eran hombres, y hubo uno con el que me puse a hablar enseguida. Después de un rato de charla, me ofreció un Fernet con Coca-Cola, a lo cual respondí con mi habitual “sólo Coca, gracias, vine con el auto y prefiero no tomar”. Mientras el chico se preparaba su trago, me suelta -con un tono bastante desagradable- un “entonces eras vos la que se bajó del auto negro que está estacionado en la puerta”. Lo miré extrañada (de verdad no entendía de dónde había salido la pregunta, no tenía nada que ver con el tema que veníamos tratando antes) y respondí, bastante cohibida, que efectivamente yo era la chica en cuestión.
Para qué. En medio segundo me había acribillado a preguntas: de qué año es el auto, qué motor tiene, qué nafta carga, cuántos litros, cómo es el rendimiento, cuál es el perfil de las llantas, etc, etc, etc. Imagínense la situación: yo estaba literalmente arrinconada contra una pared respondiendo un cuestionario interminable, cada pregunta más técnica y complicada que la anterior, y él cada vez más y más enojado porque yo sabía las respuestas (¡gracias papá y hermanito por haberme hecho tan fanática de los fierros!).
Cuando creí que el interrogatorio se había acabado, el chico suelta, de forma completamente irónica y desubicada, un “¿En qué laburas que podés comprarte semejante autito?”. ¿Qué onda, flaco? ¿Sos de la AFIP? ¿Me vas a hacer firmar una declaración jurada de bienes y ganancias? Tomé un trago de Coca, sonreí, y dije: “No te lo puedo decir, es un secreto de Estado. Dame un segundo que paso al baño…”. De más está decir que nunca más volví.
Lo que yo todavía no puedo entender es en qué momento una charla de pseudo-levante se convirtió en una batalla feroz por demostrar que la mujer (lease, yo) es el sexo débil. Estoy acostumbrada a que los hombres peleen entre sí a ver quién es el macho Alfa, ¿pero competir contra una mujer? ¿No se les estará yendo de las manos? ¿Tan mal están algunos que prefieren arruinarse el levante antes que remojar su ego en Fernet y tragárselo?
Lo peor de todo es que yo en ningún momento le pregunté a él qué auto tenía, ni comparé, ni critiqué. Es más, ¡ni siquiera sé si tiene auto! (no me atreví a contrarrestar sus preguntas con otro interrogante). Todo ese enojo y ese teatro de macho-con-orgullo-herido fueron productos únicos y exclusivos de su cabeza. Ridículo.
¡Cuánta razón tenía Freud respecto a los hombres y su obsesión con los tamaños!

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